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Martin Scorsese y el tema del perdón

La escritora Flannery O´Connor recuerda en un ensayo que según Santo Tomás de Aquino una obra de arte es buena en sí misma, una verdad que el mundo moderno ha olvidado casi por completo. Luego dice que no nos conformamos con nuestras limitaciones y con hacer algo que sea valioso por sí solo; lo que queremos es hacer algo que tenga un valor práctico. Pero el artista cumple con su deber cuando se ocupa de sus creaciones y puede sentirse tranquilo dejando la evangelización en manos de los evangelizadores.

Martin Scorsese es un ejemplo de esas ideas. Taxi Driver −como Mean Streets, Toro salvaje, Casino, El silencio y El irlandés− se ajusta a lo que proponía la escritora. Como toda verdadera obra de arte, se concentra en lo más inmediato y solo se refiere secundariamente al mundo externo. Uno puede hacer un esfuerzo por identificar e interpretar sus temas, pero su descripción es provisoria, porque la película solo responde a sí misma. De eso hablaba [el poeta] William Carlos Williams cuando dijo que un artista no debería tratar de reproducir la naturaleza, sino de imitarla. Copiar es mantenerse a salvo en el mundo de lo aparente. Imitar a la naturaleza es actuar, es hurgar en la esencia de lo misterioso.

Por eso, no hay grandes películas católicas, así como no hay grandes películas calvinistas ni budistas. Proponerse hacer una película de ese tipo es lo opuesto al oficio de un artista. “Los católicos siempre andamos buscando una respuesta rápida”, decía Flannery O´Connor, “pero la ficción no ofrece nada que se le parezca; nos deja como a Job, siempre abiertos al misterio”.

En el caso de Scorsese, la necesidad de ver, de hacer y de transmitir nacen de una enfermedad: el asma que sufrió desde niño y que lo llevó a vivir encerrado y rodeado de adultos, pero también más atento a lo que sentían, a cómo se expresaban, a su propia sensibilidad. Una de las cosas que sí podía hacer era ir al cine y también veía películas en casa, acompañado de sus padres y su hermano mayor. “Mientras para los demás, un film es nada más que un film”, dice, “para mí es una cuestión de vida o muerte”.

Scorsese empezó a sentirse atraído por el cine y por la iglesia al mismo tiempo. “La profunda impresión que me dejó el catolicismo desde que era niño es algo a la que siempre vuelvo”, recuerda. “Uno puede leer o interesarse en muchas cosas… a mí lo que me interesa es cómo la gente percibe a Dios o cómo percibe el mundo y lo intangible. Mi camino siempre ha pasado por el catolicismo”. Era tanta su admiración por un sacerdote, el Padre Principe, que hasta se matriculó en un seminario, pero no aprobó el primer curso porque a los 15 años se dio cuenta que admirar no es lo mismo que sentir una verdadera vocación. Su vocación estaba en el cine y, junto con empezar a filmar su primer largometraje, comenzó a cuestionarse su relación con el catolicismo. En medio de la guerra de Vietnam y de toda las dudas y tristeza que provocaba, vio una película que le hizo sentir esperanza: Diario de un cura rural de Robert Bresson, que está llena de personajes atormentados que se autocastigan o son castigados por los demás. En una escena, el sacerdote le dice a una mujer que va a su parroquia: “Dios no es un torturador; lo único que quiere es que nos tratemos con compasión”. Al verla, Scorsese se dijo “¡Esa es la clave! Aunque sintamos que hay un Dios capaz de castigarnos, tenemos que recordar que somos nosotros mismos los que nos torturamos; por eso, somos nosotros los que tenemos que tenernos piedad”.

Toda la obra de Scorsese se podría interpretar desde esa perspectiva, porque ha hecho muchas películas con personajes que se torturan con espejismos: espejismos de una riqueza fácil −como en Casino y El lobo de Wall Street−; espejismos de paz, comodidad y de una malentendida seguridad −como en Buenos muchachos y La edad de la inocencia−; espejismos espirituales −como en Mean Streets, La última tentación de Cristo y Silencio−. Estos espejismos son versiones exageradas de los que todos padecemos. En esas películas, la forma en que se da la evolución de los personajes es absolutamente verídica y, precisamente por eso, aunque actúan de la peor manera imaginable, irradian algo que es esencialmente humano; para ellos, la compasión es inalcanzable o inconcebible, pero siempre está presente, aunque sea como una ausencia. Esos personajes creen que no pueden perdonarse ni perdonar a los demás, porque viven dominados por sueños de grandeza y una confusión aún mayor sobre el sentido de la honestidad, la justicia y el castigo que arrastran del pasado. No reconocen lo que les pasa, pero nosotros sí lo percibimos a través del relato, en detalles conmovedores que poco después desaparecen sin dejar rastros. En cierto modo, representan y transmiten una posibilidad cercana de perdón y redención. Es por eso que estas películas son capaces de emocionarnos tanto.

Cuando, poco antes de empezar a producir Toro salvaje, Scorsese y Robert De Niro se reunieron con los ejecutivos de United Artists uno de ellos les preguntó por qué querían hacer una película sobre Jake La Motta. “Ese tipo es una cucaracha”, les dijo. La respuesta de De Niro fue muy simple: “No, no es cierto”. Toro salvaje les plantea una pregunta a los espectadores: ¿cómo es posible que alguien incapaz de entender claramente su condición humana puede llegar a personificarla? La respuesta está en él, en su presencia, en el mundo que lo rodea, en su hermano que le acomoda cariñosamente el pelo antes de la pelea en la que se juega el título de campeón, en el capo de la mafia que lo visita en el hotel mientras se mueve de un lado a otro con una polera negra que electrifica la pantalla.

Jake La Motta encuentra el perdón dándose contra una pared de ladrillos en una celda de Miami. Lleno de autodesprecio y furioso con los guardias, trata de escapar golpeando las paredes de la celda con las manos, los brazos, la cabeza, hasta que finalmente se detiene y es capaz de decir simplemente “No soy tan malo”.

Como dice Scorsese, “en Toro salvaje él es quien se deja de castigar… primero trata de castigar a todos los que lo rodean, pero tiene que empezar con él. Y al final, cuando se mira al espejo, ya ha descubierto cómo empezar a tenerse piedad. Lo difícil es perdonarse y hay muchos que ni siquiera pueden imaginarlo. Quizá la palabra ´perdonarse` sea grandilocuente… más bien es aceptarse. Es convivir con uno mismo, porque con eso quizá sea más fácil convivir con los demás y ser bueno con ellos”.

Thelma Schoonmaker, la montajista de Toro salvaje, dice que “no es una película, es una poesía”. Una poesía sobre la misericordia a la que se llega después de una violencia, una paranoia, unas derrotas y unos celos espantosos, pero también sobre la belleza efímera y el amor inmutable.

“La práctica”, dice Scorsese, “no se da en un lugar donde uno se reúne un día de la semana a una cierta hora para participar en un cierto ritual. La práctica se da afuera y es todo lo que hacemos, bueno o malo. Ahí está el conflicto, en lo que uno hace y en cómo se relaciona con los que lo rodean. La religión y la espiritualidad se expresan en cómo nos relacionamos con los otros. Después de todo lo que ha pasado a lo largo de la historia, después de todos los cambios que se han dado en el mundo y de todas las ideas y las teorías políticas que se le han impuesto, de todos los tipos de gobierno, de todas las creencias… lo único que importa es la persona que tienes delante. Y no se trata de hacerlo bien o mal; lo importante es intentarlo. Eso es lo que expreso en mis películas”.

Basado en un artículo del director de cine Kent Jones publicado en junio del 2019. .